revista de imprensa.

Estado de excepción económica permanente

«El País», José María Ridao, 26/11/2011, aqui.

¿Expertos o políticos? – No solo alarma que se impongan Gobiernos técnócratas, sino que todos los Ejecutivos actúen como tales

En Los orígenes del totalitarismo, Hannah Arendt consideró como “desesperados intentos de escapar a la responsabilidad” las múltiples ideologías que, desde mediados del siglo XIX, pretendieron encarnar “las claves de la Historia”. El fantasma del comunismo recorriendo Europa, como después lo harían los del fascismo y el nazismo, eran la referencia implícita en la expresión “múltiples ideologías” que utiliza Arendt. Desmoronado el comunismo y derrotados militarmente el fascismo y el nazismo, se podría pensar que Europa estaba, por fin, libre de fantasmas. Y, sin embargo, durante las últimas semanas uno nuevo habría empezado a recorrerla a consecuencia de la crisis del euro y de la deuda soberana. Primero en Grecia y después en Italia, el fantasma de la tecnocracia ha hecho su aparición. El Gobierno de ambos países, cuya gestión económica ha fracasado, se ha visto desplazado por equipos de especialistas que han contado con el voto mayoritario de los respectivos parlamentos.

La fórmula, de apariencia novedosa, evoca a través de inquietantes semejanzas una constelación de respuestas a las situaciones de crisis conocidas y experimentadas desde los tiempos más remotos. En la Roma clásica, el Senado contaba entre sus atribuciones la de nombrar a un dictador para hacer frente a dificultades extraordinarias, como era el caso de la guerra. Se entendía como una medida de excepción vinculada a la situación que debía resolver la dictadura, tras la que el propio sistema político preveía el regreso a la normalidad. Los puntos débiles de este mecanismo tenían que ver no solo con la naturaleza del poder, que entonces y ahora tiende a perpetuarse, sino con la determinación del momento en el que debían considerarse superadas las dificultades extraordinarias y en el que, por tanto, debía cesar la dictadura. En teoría, la determinación de ese momento correspondía al Senado. En la práctica, el dictador disponía de no pocos recursos para hacer que las dificultades extraordinarias se prolongasen y para que, ateniéndose a la lógica estricta del mecanismo, también se prolongase su mandato.

Carl Schmitt tuvo presente el ejemplo de la dictadura romana para elaborar una de sus más controvertidas tesis jurídicas, con la que el ascenso de Hitler se justificaba como estricta aplicación de la Constitución de Weimar. El dictador clásico, lo mismo que el moderno, tenía en su mano prolongar las dificultades extraordinarias por el simple procedimiento de crear otras nuevas, que presentaba como inevitable solución de las que habían aconsejado su nombramiento. Para poner fin a una guerra, el dictador sostenía que era necesario emprender una segunda que acabase de una vez por todas con la amenaza, lo que obligaba a mantener la dictadura. Y, puesto que acabar con esta segunda guerra podía exigir emprender una tercera, y así indefinidamente, el resultado es que el que destila una experiencia larga de siglos: guerra y dictadura son dos caras de la misma moneda. Hacia el interior la dictadura se justifica por la guerra y, hacia el exterior, la guerra se emprende para justificar la dictadura. Sobre este bucle, que puede establecerse partiendo de la guerra pero también de cualquier otra amenaza, sea el terrorismo o una profunda crisis económica, Carl Schmitt construyó la doctrina del estado de excepción permanente, un sumidero por el que la democracia se precipita voluntariamente en la dictadura.

[…]

Aunque cargado de menos dramatismo, el argumento sigue siendo válido si, en lugar de una guerra, las dificultades extraordinarias que toma en consideración un parlamento para conceder el poder a un Gobierno de excepción son económicas. Si el Gobierno de excepción fracasa contra la crisis, es el régimen democrático el que fracasa. Pero si logra resolverla, la legitimidad democrática puede convertirse a partir de ese momento en un prejuicio de puristas, en un ensueño benéfico que no resiste el contraste con la realidad y al que conviene renunciar en nombre del pragmatismo o del sentido común. Es precisamente eso, el pragmatismo, el sentido común, o por mejor decir, el espejismo del pragmatismo, del sentido común, lo que ha hecho de la República gobernada por los filósofos, por la aristocracia de los sabios, una tentación irresistible desde los tiempos de Platón, a la que en España sucumbió Ortega lo mismo que, en Italia, Mosca y Pareto. Como también han sucumbido, en fechas más recientes, quienes trataron de justificar algunas dictaduras latinoamericanas, como la de Augusto Pinochet en Chile, por los éxitos económicos alcanzados bajo la influencia de los académicos de la Escuela de Chicago.

Sabios de la guerra en el pasado o sabios de la economía en el presente, sabios, en fin, de cualquier sabiduría, cuyas decisiones no están inspiradas por el objetivo de arbitrar intereses diferentes y legítimos, que es el sentido último de la política democrática, sino por un saber, por una ciencia que solo obedece a sus propias leyes y para la que la realidad, incluida la realidad social, compuesta por individuos libres, no pasa de ser un simple campo de experimentación. Si el saber, si la ciencia que aplican los Gobiernos de excepción, los sabios de cualquier sabiduría que gobiernan la República de Platón, exige esfuerzos sobrehumanos, si justifica un sufrimiento que haría retroceder de espanto a cualquier dirigente democrático, la responsabilidad no es de esos Gobiernos, no es de esos sabios, sino del saber, de la ciencia que aplican. Cuando, en Los orígenes del totalitarismo, Hannah Arendt considera como “desesperados intentos de escapar a la responsabilidad” las múltiples ideologías que, desde mediados del siglo XIX, pretendieron encarnar “las claves de la Historia”, ¿a qué se estaba refiriendo sino a esos Gobiernos cuyas decisiones no están inspiradas por el objetivo de arbitrar intereses sociales diferentes y legítimos, sino por un saber, por una ciencia que solo obedece a sus propias leyes?

Lucas Papademus en Grecia, y Mario Monti en Italia, pueden tener, como sin duda tienen, intachables credenciales democráticas. Pero no es seguro que ni siquiera dos dirigentes con esas credenciales estén en condiciones de garantizar que el procedimiento que les ha aupado al Gobierno no acabe desencadenando el bucle que conduce al estado de excepción permanente que teorizó Carl Schmitt; en este caso, a un estado de excepción económica permanente. Porque, si se demoran los resultados de las medidas contra la crisis inspiradas por su saber, por su ciencia, las dificultades extraordinarias por las que ahora los han investido los respectivos parlamentos serán aún más extraordinarias después, y la prolongación del mandato de sus Gobiernos tecnocráticos sería una respuesta consecuente. La prolongación del mandato con ellos al frente o sustituyéndolos por otros tecnócratas, por otros sabios, pero, en cualquier caso, convalidando un estado de excepción en el que podría resultar más fácil instalarse de modo permanente, al menos mientras dure la crisis, que emprender la marcha atrás, reconociendo el fracaso del sistema democrático para combatirla y abriendo la caja de Pandora de arbitrismos y populismos.

[…] Pero el peligro en estos momentos no es solo que se imponga esa fórmula como en Grecia e Italia, sino también que los Gobiernos democráticos actúen o se vean obligados a actuar como si fueran tecnocráticos. Lo harían si olvidasen que su acción debe estar inspirada, ahora más que nunca, ahora más, mucho más que en los tiempos de prosperidad, por el objetivo de arbitrar intereses sociales diferentes y legítimos, no por un saber, por una ciencia que solo obedece a sus propias leyes y que exige esfuerzos sobrehumanos y justifica todos los sacrificios.

La política económica de cortos vuelos impuesta por la Unión Europea a los países más expuestos a la crisis del euro y la deuda soberana está obligando, en último extremo, a que los Gobiernos democráticos actúen como si fueran tecnocráticos y, en definitiva, a que en Europa se establezca, con o sin declaración expresa, un estado de excepción económica permanente. A juzgar por los resultados obtenidos hasta el momento, no parece que esa política esté conduciendo a la salida de la crisis del euro y de la deuda soberana. Más parece estar degradando las instituciones democráticas de los países más expuestos, humillando a los diversos Gobiernos nacionales salidos de las urnas y haciendo de la Unión un monstruo político que genera sufrimiento y desafección, no prosperidad y libertades. De persistir en la misma dirección, el fantasma de la tecnocracia que ha empezado a recorrer Europa podría tener efectos tan amargos, tan devastadores como los demás fantasmas que le precedieron.

 Obrigado ao Luís pela referência. Sublinhados meus.

Camps Are Cleared, but ‘99 Percent’ Still Occupies the Lexicon

«The New York Times (U.S.)», Brian Stelter, November 30, 2011, aqui.

Whatever the long-term effects of the Occupy movement, protesters have succeeded in implanting “We are the 99 percent,” referring to the vast majority of Americans (and its implied opposite, “You are the one percent” referring to the tiny proportion of Americans with a vastly disproportionate share of wealth), into the cultural and political lexicon.

First chanted and blogged about in mid-September in New York, the slogan become a national shorthand for the income disparity. Easily grasped in its simplicity and Twitter-friendly in its brevity, the slogan has practically dared listeners to pick a side.

“We are getting nothing,” read the Tumblr blog “We Are the 99 Percent” that helped popularize the percentages, “while the other one percent is getting everything.”

Within weeks of the first encampment in Zuccotti Park in New York, politicians seized on the phrase. Democrats in Congress began to invoke the “99 percent” to press for passage of President Obama’s jobs act — but also to pursue action on mine safety, Internet access rules and voter identification laws, among others. Republicans pushed back, accusing protesters and their supporters of class warfare; Newt Gingrich this week called the “concept of the 99 and the one” both divisive and “un-American.”

Perhaps most important for the movement, there was a sevenfold increase in Google searches for the term “99 percent” between September and October and a spike in news stories about income inequality throughout the fall, heaping attention on the issues raised by activists.

“The ‘99 percent,’ and the ‘one percent,’ too, are part of our vocabulary now,” said Judith Stein, a professor of history at the City University of New York.

Soon there were income calculators (“What Percent Are You?” asked The Wall Street Journal), music playlists (an album of Woody Guthrie covers, promoted as a “soundtrack for the 99 percent”) and cheap lawn signs. And, inevitably, there were ads: a storefront near Union Square peddles “Gifts for the 99 percent.” A trailer for a Showtime television series about management consultants, “House of Lies,” describes the lead characters as “the one percent sticking it to the one percent.” A Craigslist ad for a three-bedroom apartment in Brooklyn has the come-on “Live Like the One Percent!” (in this case, in Boerum Hill).

These days, the language of the Occupy movement is being reappropriated in new ways seemingly every day. CBS ran a radio spot last that invited viewers to “occupy your couch.” On Thanksgiving, people joked online about occupying the dinner table. Now, on Facebook, holiday revelers are inviting friends to “one percent parties.”

Slogans have emerged from American protest movements, successful and otherwise, throughout history. The American Revolution furnished the world with “Give me liberty or give me death” and the still-popular “No taxation without representation.” The equal rights movement in the 1960s used the phrase “59 cents” to point out the income disparities between women and men. The civil rights movement embraced the song “We Shall Overcome” as a slogan. During the Vietnam War, protesters called on politicians to “Bring ’em Home” and “Stop the Draft.” More recently, supporters of Mr. Obama shouted “Yes, we can.”

The idea behind the 99 percent catchphrase has its roots in a decade’s worth of reporting about the income gap between the richest Americans and the rest, and more directly in May in a Vanity Fair column by the liberal economist Joseph E. Stiglitz titled “Of the 1%, by the 1%, for the 1%.” The slogan that resulted in September identified both a target, the “one percent,” and a theoretical constituency, everyone else.

Rhetorically, “it was really clever,” said David S. Meyer, a University of California, Irvine, professor who studies social movements. “Deciding whom to blame is a key task of all politics,” he wrote in his blog about the phrase.

“It’s something that kind of puts your opponents on the defensive,” he said in an interview.

In some cases even politicians who have been put on the defensive by the movement have resorted to the same rhetoric. When Philadelphia’s mayor, Michael A. Nutter, announced last week that the protesters there had to make way for a construction project, he emphasized that the project would be “built by the 99 percent, for the 99 percent.”

Xeni Jardin, the editor of the influential blog Boing Boing, which has featured the protests every day since they began, praised the slogan for capturing “a mounting sense of unfairness in America” and distilling it “into something very brief.”

But she also called it “fundamentally unfair” because within the so-called 99 percent that have slept at occupations across the country, there are many well-to-do college students but just as many, if not more, homeless individuals. “There are many shades of gray,” she said.

But attempts to mock or subvert the slogan seem not to have stuck; as Ms. Jardin put it, “How do you make fun of numbers?” A Tumblr blog that was set up to compete with “We Are the 99 Percent,” called “We Are the 53%,” (referring to the estimated percentage of Americans who pay federal income taxes) has not been updated for two weeks.

Ms. Stein at CUNY believes that the 99 percent rallying cry will have limited effect in the future. “I don’t think a good slogan is enough to revivify a movement or our politics,” she said.

But Mr. Meyer said the catchphrase is a useful one in that it gives continuity and coherence to a movement that is losing some of its camps in major cities across the country. “Occupy takes its name from the occupation,” he said. “If Occupy continues without occupations, what provides continuity with those people in Zuccotti Park? The slogan.”

The slogan was chanted again early on Wednesday morning in Los Angeles and Philadelphia as police there cleared out the Occupy campsites in each city. As they lost physical ground for their local movements, protesters told each other online, “You can’t evict an idea.”

A version of this article appeared in print on December 1, 2011, on page A1 of the New York edition with the headline: Camps Are Cleared, but ‘99 Percent’ Still Occupies the Lexicon.

Viver acima dos meios

The Ressabiator, Mário Moura, post de 25/11, aqui.

Uma das frases feitas desta crise é que “temos vivido acima dos nossos meios”, significando que nos endividámos e que agora chegou a altura de pagar a factura. É inevitável. Para isso teremos que assumir uma austeridade digna, trabalhando mais por menos.

Mas, para muita gente, trabalhar mais por menos é o pão nosso de cada dia (ou a falta dele): estagiários a fazerem design de graça durante meses só para serem dispensados em direcção ao estágio não-remunerado seguinte.

Já não é novidade que muitas empresas encontraram a sua rentabilidade explorando um fluxo constante de trabalho gratuito, sendo efectivamente sustentadas pelos seus trabalhadores (ou mais exactamente pelos seus pais). Exposições e eventos de arte onde os comissários, carpinteiros e arquitectos são pagos, mas o pagamento dos artistas se resume a ajudas de custo (na melhor das hipóteses).

Devia ser óbvio que, quando se diz que não há emprego em Portugal, se está a cometer uma imprecisão: há bastante trabalho, o que não há são salários – o que leva à conclusão que também houve e há muitas empresas em Portugal que vivem acima dos seus meios, na medida em que conseguem ser concorrenciais, fazendo preços baratos e ainda por cima ter lucros, simplesmente esquecendo-se que o trabalho costuma ser pago.

Obrigado à Rita.

Austeridade é receita para suicídio económico, diz Nobel da Economia

Lusa, publicado no i online, 25/11, aqui.

O prémio Nobel da Economia em 2001 e antigo vice-presidente do Banco Mundial, Joseph Stiglitz, afirmou na quinta-feira que as políticas de austeridade constituem uma receita para “menos crescimento e mais desemprego”.

Stiglitz considerou que a adoção dessas políticas “corresponde a um suicídio” económico.

“É preciso perceber-se que a austeridade por si só não vai resolver os problemas porque não vai estimular o crescimento”, afirmou Stiglitz, num encontro com jornalistas na Corunha, em Espanha, onde proferiu a conferência “Pode o capitalismo salvar-se de si mesmo?”, noticia a Efe.

O economista sugeriu ao novo governo espanhol que vá “além da austeridade” e que proceda a uma reestruturação das despesas e da fiscalidade como medida básica para criar emprego.

Recomendou em particular uma fiscalidade progressiva e um apoio ao investimento das empresas.

“Temo que se centrem na austeridade, que é uma receita para um crescimento menor, para uma recessão e para mais desemprego. A austeridade é uma receita para o suicídio”, afirmou.

Para o Nobel da Economia de 2001, “a menos que Espanha não cometa nenhum erro, acerte a cem por cento e aplique as medidas para suavizar a política de austeridade, vai levar anos e anos” a sair da crise.

O antigo vice-presidente do Banco Mundial disse que as reformas estruturais europeias “foram desenhadas para melhorar a economia do lado da oferta e não do lado da procura”, quando o problema real é a falta de procura.

Por isso, rejeitou as propostas a favor de mais flexibilidade laboral: “Se baixamos os salários, vai piorar a procura e a recessão”, alertou Stiglitz, defendendo que “é necessário” que a flexibilidade seja acompanhada por “compensações do lado da segurança” para os trabalhadores.

“Em economia, há um princípio elementar a que se chama efeito multiplicador do orçamento equilibrado: se o governo sobe os impostos mas, ao mesmo tempo, gasta o dinheiro que recebe dos impostos, isto tem um efeito multiplicador sobre a economia”, explicou, apresentando a sua receita para sair da crise.

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